Y yo que creía tener poca autoestima
y aun así creí que ese beso era para mí.
¿Cómo iba a ser —pensé ya tarde—
si a mí me alejan del amor las ganas de escribir?
A golpe de verso fui dándote forma
para demostrar que el amor y la poesía no pueden convivir,
busqué cualquier excusa para sentir de otro ese beso
para que mi autoestima dejara de mirarme y de presumir.
Y es que no podía ser para mí aquel beso
y no podían mis versos de siempre ser para ti.
Tú eras la alegría de estar vivo.
Yo era la sombra de una muerte feliz.
Así conseguí hacer que aquel beso
terminara siendo un error, igual que el día en que te lo di.
Y así le di la razón a mi falta de autoestima
y pude concentrarme otra vez en mi miedo a morir.
Pero pronto cuando ya no estabas levanté la vista del papel y supe
que realmente no importaba si aquel beso era para mí,
que no importaba que no hubieras pensado en mí antes,
lo que importaba fue lo que, pese a mis intentos, conseguimos construir.
Supe entonces que mi falta de autoestima
en verdad no era más que falta de ti.
Y volví y no me costó conseguir darte otro beso.
Dijiste que es que hay cosas que es imposible destruir.
Sin embargo, en tus labios o en tu voz o en mis recuerdos
esta vez sí que supe que el beso no era para mí.
Mi autoestima entonces dijo que cualquiera si se pone puede conseguir un beso
pero que no será para él nunca si no deja que le haga feliz.

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¿Qué te pasa? ¿Es que ya no eres esa niña de hace un año? ¿Es que se ha acabado ya el trato que hiciste con la luna para olvidarte del pasado?

¿Qué te pasa? ¿Es que te han mordido las pirañas del recuerdo tu cansado y débil corazón? ¿Por qué ya no besan tus pupilas las mías? ¿A dónde se han llevado a mi niña de hace un año?

¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Te duele recordar? ¿Te duele haber cambiado? Ya comprendo: no te pasa nada pero te pasa todo. Por eso lloras e intentas sonreír entre tus lágrimas, como si tu sonrisa fuera el arco iris.

Texto completo aquí

¿Sabes dónde me encontraste? ¿Lo recuerdas?
Estaba en esa barra, diciendo no creer en el amor.
Tenía la sonrisa que tienen los que lloran,
los que lloran sin lágrimas para no aguar el alcohol.
Te aconsejé no perder el tiempo con alguien
capaz de cambiarse de lado el corazón,
capaz de cambiar su forma de entender la vida
solo con que el DJ cambie de canción.

Tú no hacías ni caso a mis palabras.
Ya notaste que cuando disimulo me cambia un poco la voz.
Notaste que nunca había encontrado
alguien que me susurrara al oído siempre la misma canción,
alguien que buscara un espejo
para los días en que me cambiara de lado el corazón,
alguien que parara mis lágrimas
justo antes de que cayeran en el alcohol.

Y como notaste también que los que más lo mencionamos,
aunque sea para mal, somos los que más creemos en el amor,
supiste que era yo al que llevabas esperando tanto tiempo.
No te importó
encontrarme diciendo tonterías en una discoteca,
porque sabías perfectamente que era yo.
Me cogiste de la mano y esperaste a darme un beso
a que el DJ cambiara de canción.
Me hiciste ver que uno puede creerse muy distinto
pero que siempre, tenga el corazón donde lo tenga,
tiene la misma necesidad de amor.

Me esperabas en tu cuarto
viendo en la noche llover.
Tu alma era una rosa
temblorosa y ya sin fe.
Le regalaste a la luna
tus lágrimas de mujer
y le dijiste vencida:
«Yo nunca le olvidaré».
La tristeza más profunda
se escondió bajo tu piel.

Al otro lado del cielo
yo te esperaba sin fe.
Intentaba distraerme
escribiendo en un papel;
pero al verlo tan intacto
me recordaba a tu piel
y escribí sumido en llanto:
«Yo nunca la olvidaré».
Las palabras empapadas
se escurrían del papel.

Tristísima noche aquella.
Tristísimo cielo aquel.
Los dos dijimos a un tiempo:
«Nunca te volveré a ver».
Y la luna apagó sus pupilas
y dijo: «Nunca os olvidaré».

Te da envidia. Eso has dicho.
Te da envidia la gente que me conoció
antes de que tú me conocieras.
Si tú supieras…
Si tú supieras cómo era yo hasta que te conocí.
Era igual, quizás, era el mismo, sí,
pero si supieras cómo era…
Que no te dé envidia.
Si tú supieras…
La gente que me conoció antes que tú
me conoció cuando sin ti yo no merecía la pena,
cuando era como una impresora con el cartucho medio gastado,
que da igual que sea muy buena.

Que no te dé envidia,
como mucho que te dé un poco de pena
no haber estado juntos desde antes,
haber dejado que entre el sueño y la realidad tanto tiempo se interpusiera.

Que no te dé envidia, no,
ni siquiera pena,
que ahora contigo esta impresora que te quiere tanto
está siempre llena.

¿Y esta gigante alegría
que hace tambalearse mis ganas de tristeza?
¿A qué viene?

¿Y estas repentinas ganas de vivir?
¿A qué se deben?

Tantos años perfeccionando mis maneras de sufrir
y ella viene
y consigue destruirlo todo
en solo siete meses.

No te preocupes.
Estoy bien.
No pasa nada si hoy no nos vemos.

Sí pasa,
pero la vida me ha enseñado
a no manifestar mis sentimientos.

Sí pasa
y por no decirte ahora
que no estoy bien,
que te echo de menos,
otro día seguramente saltaré
y tal vez querré que lo dejemos.

Pero no te preocupes.
También estará bien
y no pasará nada si no nos vemos,
porque la vida me enseñó
a enterrar mis sentimientos.

Pero sí que pasará,
te echaré de menos.
Lo bueno es que entonces
cuando ya no estés
asumiré que hice bien
en camuflar mis sentimientos.

¡Qué felices serían viviendo en un mapa
los que viven lejos!
Vivir a un palmo.
Que se mida en centímetros la distancia entre ellos.

¡Qué felices serían!
¡Qué poco les importaría el tiempo!
¿Para qué es tan grande el mundo
si somos solo puntos sobre el suelo?
Igual que los puntos de un mapa,
pero demasiado lejos.

Hay que llegar un poco más lejos.
Somos capaces de más.
No nos conformemos
simplemente con hablar de amar.
Somos capaces de escribir cosas mejores.
Hay que dejar los sentimientos habituales atrás.
Saquemos ese extraño deseo
que a veces tenemos de que todo salga mal.
Saquemos esa envidia
que a veces la persona a la que queremos nos da.
La vida no es mejor cuando estamos con alguien
es simplemente que todo nos da un poco más igual.
Lleguemos al origen de las cosas,
a esa extraña y universal idea que es amar.
No nos conformemos
solo con echar de menos y suspirar.
Dejémonos de orgasmos, de sexo fácil, de fechas, de miradas,
de esas superficialidades que a los poetas de ahora les ha dado por explotar.
Lleguemos al fondo de todo.
Veamos lo que solo la poesía puede dar.
Esas ganas de llorar que incluso en los días más felices
de repente nos dan,
esos momentos que parece que no se han inventado
porque hay dos palabras que a nadie se le ha ocurrido juntar.
Dejémonos de juegos de palabras
que a cualquiera se le pueden ocurrir con solo mirarse un lunar.
Vayamos más lejos, que somos capaces,
que, aunque algunos se empeñan en ver solo la piel, somos algo más.
¿Por qué si no todos los seres humanos iban a haber amado
y el que ha dicho que no siempre se ha tenido que justificar?
¿Por qué todos si no iban a leer poesía
y el que cree no hacerlo un día descubre una pila de sentimientos sin clasificar?
Porque tenemos algo dentro,
algo especial,
algo que hemos camuflado entre palabras correctas y mediocres
y bajo el excesivo gusto que da acariciar.
Y todo porque ese algo se parece un poco a las palabras
y se parece un poco al gusto que una caricia nos da.
Pero no es solo eso.
Es algo más.
Es la capacidad de unirse a una persona
de una manera que ni la poderosa ciencia ha sabido explicar.
Es estar unidos sin contacto,
sin que la muerte, el tiempo, una mano o una sombra puedan separar.
Y eso lo podremos camuflar con muchas cosas,
pero eso es amar.
Y todos lo tenemos en la punta de la lengua;
solo falta que los poetas, o quien sea, vayamos dando sinónimos
hasta encontrar el de verdad.