No puede ser como darle a un interruptor
sin más.
No puede ser morirse de repente,
dejar de estar en un instante
que de pronto nuestra propia vida ya no nos recuerde.
No puede ser.
No puede.
Debe haber una puerta secreta,
una puerta que nos lleve
a escondidas de la gente a otro lugar
donde pase al fin a ser recuerdo nuestra muerte,
donde todo siga igual,
donde lo único diferente
sea haber perdido el miedo
a que nos apague un día un interruptor
de repente.
Archivo del Autor: juanromeux
¡Qué cerca está aún el día en que te fuiste
y tú qué lejos!
¡Qué cerca está tu mano de la mía
y tú qué lejos!
¡Qué cerca estás tú todavía
pero qué lejos… qué lejos!
¡Qué tremendamente asimétrico
es el tiempo!
¿De verdad me quieres?
Si soy el viento
que a veces tiene fuerza,
pero luego se calma
y nadie sabe dónde está.
¿De verdad me quieres?
Si soy el fuego
que abrasa con sus llamas,
pero requiere para eso
algo que quemar.
¿De verdad me quieres?
Si soy el agua
que limpia y que refresca,
pero si no se controla
lo inunda todo y puede ahogar.
¿De verdad me quieres?
Si soy la música
que un día calla
y estridente te recuerda
el silencio que antes
no te hacía llorar.
¿De verdad me quieres?
Si soy la extraña visión de la vida,
el que te llevará a un mundo fantástico
del que solo yo
te podré sacar.
¿De verdad me quieres?
Si soy el amor que te amará siempre,
sabiendo que no siempre
le será posible amar.
¡De verdad me quieres!
Porque el viento, el fuego, el agua,
la música, mi extraña visión de la vida,
mi amor terrible,
no hacen más que intentar asustarte
y tú no te vas.
El sol saluda a la noche
que cuidadosamente lo tapa
con su colcha de fina plata
y luego se mete en su bote.
Un bote que pronto partirá
para llegar al mar
y ahí volver a nacer
el sol que tanto ilumina
de luz, abrigo y amor
porque la madre del sol, la noche
enseña a su hijo amado
cómo amar sin recibir
más que el reflejo del agua.
Madrid, 29 de diciembre de 1997.
Como el niño que llora
en su cumpleaños.
Bien dicho.
Como el que consigue lo que quiere
y aún siente que le falta todo.
Así estoy.
Así voy desplazándome
de una época en la que me convencí
de que lo mejor era estar solo
a una época en la que no entiendo
cómo pude estar solo tanto tiempo.
Y así estoy, bien dicho.
Como el niño al que la desazón se come
cuando por fin consigue
todo lo que quiere,
como si se perdiera todo con ello,
como si restara.
Como si el día más feliz fuera el más triste
y amar no fuera sino el comienzo
de empezar a tener miedo de perder.
Aquellas tristes súplicas de tu corazón,
¿qué son ahora sino signos de interrogación?
Ha llegado el momento.
¿Por qué te cojo de la mano?
¿No sabe todo el mundo ya
que es peor dejar que ser dejado?
La decisión es mía
sé que quedaré yo como el malo.
No importa. Tú llorarás y yo disimularé
que por dentro me quedo destrozado.
Ha llegado el momento.
No es que no me hayas gustado,
es que el amor es terrible:
todo sale peor si estás enamorado.
Sí. La decisión fue mía.
Y si la tomé, sería por algo.
Pero ahora ya no estás y me parece
haber retrocedido a aquellos años.
No sé si me arrepiento…
Cada beso me recuerda que te alejé yo de mi lado.
Tú en cambio no te habrás arrepentido nunca,
cada beso desde entonces te habrá reconfortado.
Por eso, tú eres tan feliz ahora
y yo en cambio a veces tengo días raros.
Y aun así, al verme habrá a quien le complazca
que el destino se vengue y deje solos
a quienes vamos por ahí dejando a otros destrozados.
Si olvidar es enterrar,
necesito un arqueólogo
para desenterrar mi corazón,
para sacarlo del fondo.
Que el amor sea eterno
es lo mismo que escribir cien veces seguidas
tu nombre en mi cuaderno.
«Amémonos siempre».
¿Para qué?
Si a mí me bastó con aquel noviembre.
«Que se detenga el mundo…»
Y yo te pregunto:
¿de qué nos sirve estar juntos,
si no nos empujan hacia el final los segundos?
¿de qué nos sirve, si en lo eterno
solo recordarán nuestro amor
la muerte y mi cuaderno?
¿de qué, si ya duró para siempre
el beso que te arrebaté en aquel infinito noviembre?
Hagamos, en fin, si quieres,
que el amor sea eterno
pero, por favor,
que parezca durar lo mismo que duró
aquel invierno.
Después de haber amado tanto
parece como si tuviera pinchazos en el alma
y siento la pereza del sudor
que he perdido en mis lágrimas.
Parece que el corazón
también por el amor se cansa:
horas de carrera loca,
kilómetros de esperanza.
Después de tanto amor me quedan
suspiros sin sabor, la voz cansada
y dos labios como uñas
que ya no sienten nada.
Las estrellas se entrometen,
la luna últimamente está pesada.
Las poesías como las rosas
huelen a piedra quemada.
Pero existe algo
más allá de mi cansada alma
porque a pesar de todo siento
ganas de volver a temer la madrugada.
