No estás y el mundo
sigue siendo igual.
Aún no he perdido
Esa tonta convicción
de que la vida
es lo mismo que la muerte.
Te amaré ahora
como cuando te besaba mientras dormías.
Y será lo mismo.
Será lo mismo hasta que asuma
que hay algo que la muerte arranca,
que no es la misma soledad la de estar lejos
que la de estar vivo.
No es la misma soledad la de estar triste
que la de seguir creciendo.
La de seguir creciendo
mientras tú ya sin raíces
vas perdiendo tus colores
y vas tiñendo de tristeza
los besos que te di mientras dormías,
los besos que para mí eran
el más generoso gesto de amor puro.
No estarás y el mundo
seguirá siendo igual
porque el amor para él
es como esos besos que no siente
al recibirlos
el que está dormido.

Cuando llueve fuera
y yo leo dentro
siento como ajena
la tristeza de este mundo.
Y veo que no es tanto
el sufrimiento de mojarse.

Siento que se puede estar más triste,
siento que se puede estar más seco,
que a veces raspa el corazón
contra la vida
y no hay lluvia
que suavice el rozamiento.

Cuando está lloviendo fuera
y yo leo un libro cualquiera dentro,
me siento protegido,
pero a la vez siento
que hay muy pocas cosas en el mundo
capaces en verdad de protegernos.

Pero las hay
y, por eso,
te voy sacando de la lluvia,
a la vez que entre las líneas de cualquiera de mis libros
te voy poco a poco leyendo.

Siento que las páginas escuecen
como si fueran algo más que palabras con tiempo,
como si sentado
fuera posible viajar más lejos,
como si a las letras con los años
les crecieran más recuerdos.

Todo esto, ya ves,
sea malo o sea bueno,
es lo que siento
cuando llueve fuera
y yo leo dentro.

Siempre hay un motivo para seguir.
Lo único es que a veces es difícil encontrarlo.
¿Por qué si no iba el cuerpo a gastar
tantas lágrimas llorando?
Basta mantener la esperanza de leerse Guerra y paz, aunque seguramente al final no lo leamos.
Basta con que nuestro grupo favorito (los Libertines, por ejemplo)
saque una nueva canción después de tanto.
Siempre hay un motivo para seguir.
Siempre hay algo.
Siempre hay alguien que nos puede alegrar solo con llegar a él pensando.
Siempre hay una palabra que nos puede distraer
al intentar recordar su significado.
Siempre hay un dato asombroso que aprender,
como un bostezo en medio del llanto.
Siempre hay un motivo para seguir:
la curiosidad quizás de adónde nos lleva tanto adelanto.
Podemos creernos las peores personas del mundo,
pero siempre habrá alguien que nos vea distinto de como solemos mirarnos,
alguien que le dé la vuelta a todo,
como si un espejo pudiera abrazarnos. Cuando perdemos toda esperanza,
seguro que hay algo que estamos pasando por alto
por mucho que no queramos reconocerlo
de lo orgullosos que nos ponemos cuando lloramos.
Por eso,
cuando caigamos en el más triste de los estados
lo mejor es animarse
y pensar que algo se nos está olvidando,
que si no no lloraríamos
ni apretaríamos con tanta rabia las manos.
Es verdad que hay momentos
en que todo lo que parecía animarnos
se empieza a ver como engaños estúpidos
con los que día a día nos conformamos,
pero eso es porque en esos momentos
no somos conscientes de lo que en verdad nos mueve de esos engaños.
No son sus historias bonitas.
No son sus buenos ratos.
Es que todas esas cosas son la prueba
de que debajo de la vida hay algo,
algo con lo que no importa que un día sea bueno
y que otros nos parezca injustamente amargo,
algo que siempre da un motivo para seguir,
aunque solo sea para seguir llorando.

Era imposible.
Era como empezar un videojuego nuevo
otra vez.
Era imposible.
No había hueco.
Yo me había hecho ya
demasiado viejo.

Era imposible.
Aún sigo sin entenderlo.
Fue como el problema que después de muchas vueltas
con facilidad, sin saber cómo, se acaba resolviendo.
Como el mueble
que en giro extraño pasa por un minúsculo hueco.

De repente yo era joven
y los años se expandieron.
De repente empecé a jugar otra vez,
de repente nos queremos hace tiempo.
Y es imposible aún, pero ahora es cierto.
Eres lo poquito de posible que hay en todo lo imposible
y…
¡y te quiero!

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Nunca, nunca otros besos te besarán así
Sara Hübner

¡Cuánta gente advierte a quien le deja
que no encontrará un amor tan grande en otros!
Habla su corazón enrabietado
de que le dejen solo.

¡Cuánta gente amenaza al despedirse
con irse para siempre!
Pero se deja, simulando olvido,
el corazón por si vuelve.

¡Cuánta gente termina convencida
de que solo su amor fue el verdadero!
Y puede ser verdad,
pero lo cierto
es que da igual si fue el mejor:
el que realmente gana es siempre el tiempo.

¡Ay! ¡A cuántos encandila el tiempo!
¡Con qué facilidad se curan muchos solo con vivir!
El tiempo nos sabe decir siempre
exactamente lo que queremos oír.

Pero más valdría detenerse.
Comprender que solo ama el que sabe esperar,
al que no le importa haber desperdiciado amor con otros
porque eso no era realmente amar.

No puede ser como darle a un interruptor
sin más.
No puede ser morirse de repente,
dejar de estar en un instante
que de pronto nuestra propia vida ya no nos recuerde.
No puede ser.
No puede.
Debe haber una puerta secreta,
una puerta que nos lleve
a escondidas de la gente a otro lugar
donde pase al fin a ser recuerdo nuestra muerte,
donde todo siga igual,
donde lo único diferente
sea haber perdido el miedo
a que nos apague un día un interruptor
de repente.

Aquellas tristes súplicas de tu corazón,
¿qué son ahora sino signos de interrogación?

Ha llegado el momento.
¿Por qué te cojo de la mano?
¿No sabe todo el mundo ya
que es peor dejar que ser dejado?

La decisión es mía
sé que quedaré yo como el malo.
No importa. Tú llorarás y yo disimularé
que por dentro me quedo destrozado.

Ha llegado el momento.
No es que no me hayas gustado,
es que el amor es terrible:
todo sale peor si estás enamorado.

Sí. La decisión fue mía.
Y si la tomé, sería por algo.
Pero ahora ya no estás y me parece
haber retrocedido a aquellos años.

No sé si me arrepiento…
Cada beso me recuerda que te alejé yo de mi lado.
Tú en cambio no te habrás arrepentido nunca,
cada beso desde entonces te habrá reconfortado.

Por eso, tú eres tan feliz ahora
y yo en cambio a veces tengo días raros.
Y aun así, al verme habrá a quien le complazca
que el destino se vengue y deje solos
a quienes vamos por ahí dejando a otros destrozados.

Que el amor sea eterno
es lo mismo que escribir cien veces seguidas
tu nombre en mi cuaderno.

«Amémonos siempre».
¿Para qué?
Si a mí me bastó con aquel noviembre.

«Que se detenga el mundo…»
Y yo te pregunto:
¿de qué nos sirve estar juntos,
si no nos empujan hacia el final los segundos?
¿de qué nos sirve, si en lo eterno
solo recordarán nuestro amor
la muerte y mi cuaderno?
¿de qué, si ya duró para siempre
el beso que te arrebaté en aquel infinito noviembre?

Hagamos, en fin, si quieres,
que el amor sea eterno
pero, por favor,
que parezca durar lo mismo que duró
aquel invierno.