Un día digo una cosa
y otro día digo otra.
Parece que no me aclaro con mis poesías.

Es que es precisamente eso,
hay que explorar todas las partes de la vida.
Hay que taparse la nariz a veces
y escribir aquello a lo que ni de pequeño te atrevías.
Hay que pegar patadas a todas las paredes
para saber cuál no estaba ahí cuando las lágrimas
todavía sonreían.
Hay que odiar y amar,
hay que meter mucho la pata algún día.
Hay que dejarse llamar toda una noche
y poner la excusa de que con la oscuridad no se oía.
Hay que decir completamente lo contrario de lo que uno piensa
para saber cómo somos cuando destrozamos todo lo que nos esclaviza.
Hay que contradecirse, pellizcarse,
reírse con las pesadillas.
Hay que volverse loco leyendo un libro
y dar miedo por tener demasiado grande la sonrisa.

 

Así se estira todo de tal forma
que es luego más fácil caber en la vida
y podemos ser normales sin que nos rocen
los zapatos que nos obligan a ponernos el primer día
para que no notemos con los pies descalzos
que la vida casi siempre por debajo está bastante fría.

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Me voy a vengar escribiéndote.
Te vas a enterar a base de palabras
Vas a ver que no estar conmigo
es perder la oportunidad de entender el alma.

Voy  a desmontar con versos a aquellos
que se atrevan a destruirme al rozarte en la distancia.
Voy a encontrar todas las letras que nos unen
para que inevitablemente sientas que me pronuncias al pronunciarlas.

Me voy a vengar escribiéndote.
Te voy a lanzar tantos versos a la cara
que tendrás que quererme
tendrás que reconocer que no es verdad
que escribir no valga para nada.

Me voy a vengar.
Lo siento, pero voy a hacer trampas.
Ya que el amor no entiende de personas,
tendré que convertirnos en palabras.

Tú lo has querido.
Yo te di todo lo que sé que hacía falta.
Pero te aliaste con la vida.
No sabías que a la vida siempre la destrozan las palabras.

Esta es una de esas noches
en las que la poesía me aplasta.
¿Quién soy yo para escribir?
¿Quién me creo yo para poder hablar del alma?

Esta es una de esas noches
en las que solo el amor me respalda,
en las que si no fuera porque existes
pensaría que después de mí no quedaría nada.

Esta es una de esas noches
en las que lo bueno naufraga,
en las que escribo con la mano dormida
mientras el corazón mira de reojo ya a la cama.

Es una de esas noches
en las que la vida se acaba,
un libro más que termina
una oportunidad menos
para no tener que arrepentirme mañana.

Esta noche
solo el amor me respalda;
solo él me da la razón
de que estuve triste porque hacía falta.

No me gusta el amor con excusas.
No me gusta que me sepas explicar bien
por qué me has dejado de querer un rato.
No me gusta porque me lo creo,
porque perdonar me es muy fácil cuando estoy enamorado.
Y lo malo es que al final no es perdonar,
es llegar a un acuerdo para que el orgullo esté callado.
Y eso luego sale
y es un motivo más para sentir que sigo sin aprender con los años.

No me gusta tener que entenderlo todo y sonreír;
prefiero sonreír porque estamos de acuerdo en algo,
prefiero que entendamos juntos la vida,
por mucho que el tiempo siempre opine lo contrario.
No me gusta que lo compliques todo
y que no sea al menos para darle esquinazo a tu pasado.
No me gusta que puedas controlar cuándo me quieres,
que quererme no te lleve agarrada de la mano.

No me gusta porque desde que te quiero
ni se me ocurre dejarte de querer un rato.
No me apetece.
Si te quiero es porque solo soy feliz cuando estoy a tu lado.
Si tú pones excusas
será porque no has encontrado en mí lo que yo en ti sí he encontrado.
Pero de momento me creo tus excusas,
que tengo que dejar de quererte antes de aceptarlo,
antes de aceptar que no eres tú,
que tenía razón otra vez mi miedo a intentarlo.
Debo dejar de quererte antes, sí,
es lo necesario,
no vaya a ser que las lágrimas vuelvan a impedirme entender
que encontrar no siempre es llegar a lo que se estaba buscando.

Este va a ser mi verano, sí,
porque el sol no va a ser nada
a tu lado.
Porque tú vas a ser mi color de piel,
tus besos van a ser mi bronceado
y el mar nos va a hacer recordar
que aprendimos a mantener las lágrimas en un lugar apartado.
Pasearemos por la orilla
como ahora por la vida paseamos,
sabiendo que está todo en su sitio
y que, si empieza a hacer calor, nos damos un baño.

Este va a ser nuestro verano, sí.
Van a ser tres meses de abrazo,
vamos a escribir tantas sonrisas y tequieros en la arena
que tendrán que venir bastantes otoños para poder borrarlos.

No me cabe la menor duda:
va a ser nuestro verano.
El tiempo nos irá arrancando trozos de piel,
pero ni siquiera eso
podrá hacer que nos soltemos de la mano.
Va a ser nuestro verano,
vas a ser mi verano.
Y así cuando te enteres de que eres mi vida
sabrás que ya estamos preparados.

Así de claro, era simplemente
tener paciencia.
Era solo esperar
Y no, como yo, tratar al tiempo con violencia.
No era que quisiera mal,
que fuera torpe, que no valiera,
era solo hacer lo mismo,
pero dejando noches entre medias.

Así de claro.
Era tener paciencia,
como al fin y al cabo he aprendido a tener en todo,
como la vida me ha obligado en otras cosas a tenerla.

Era esperar
a que pudiera entenderme, pero cuando ya me conociera,
a no querer que comprendiera al instante mi vida
cuando yo llevo una vida intentando comprenderla.

Ahora que ya me conoce
y es más lista que yo, o al menos no tan terca,
sabrá cómo mantenerme feliz
cuando yo empuje hacia abajo para que se me desborde la tristeza.
Sabrá cuándo debo hacerlo todo
sin que por ello mis decisiones dejen de ser buenas,
sabrá cómo hacerme aprovechar mis talentos
porque solo ella ha conseguido que entienda la paciencia.

Ahora que me conoce,
ahora que por fin me conoce alguien desde fuera,
siento como si empezara a tener
posibilidades nuevas,
como cuando se gana algún objeto en un juego
y se le da la vuelta a la partida entera,
y se pueden explorar nuevas pantallas,
y se puede abrir por fin aquella puerta.

Ahora ya me conoce.
Es la primera vez que alguien escucha los sonidos
del principio de mi lengua,
los que siempre he conseguido frenar
antes de que alguien pudiera escuchar más de la cuenta.

Ahora por fin alguien sabe de verdad cómo guiarme.
Por fin alguien sabrá expresar
lo que yo ya no puedo con las pocas palabras que me quedan.
Ella sabrá cómo usar las palabras
que yo deseché porque no sabía cómo unirlas para que no mintieran.

Ahora que me conoce
miro por fin de frente a la vida entera
y me pongo chulo como cuando era pequeño,
ahora que sé que si la vida me hace algo
puedo chivarme de todo a ella.

Ahora ya me conoce
y puede explicarme por qué a veces no gustan mis cosas buenas,
puede explicarme cómo soy,
igual que como yo lo hago,
pero mirándome desde fuera.

Sé que debería haberlo hecho
Sé que lo debería hacer
Y ahora…
con la tristeza que el viento trajo
y solo vi cuando se fue,
no sé qué debería haber hecho
no sé qué debería hacer.
En el aire hay una sombra
que, por miedo a la respuesta,
no pregunta por qué.
En el aire está mi alma
sabiendo que debería decirle algo a la vida…
sin saber qué.
En el aire hay lágrimas que secó el viento
y que ahora vuelven a renacer.

¿Sabes dónde me encontraste? ¿Lo recuerdas?
Estaba en esa barra, diciendo no creer en el amor.
Tenía la sonrisa que tienen los que lloran,
los que lloran sin lágrimas para no aguar el alcohol.
Te aconsejé no perder el tiempo con alguien
capaz de cambiarse de lado el corazón,
capaz de cambiar su forma de entender la vida
solo con que el DJ cambie de canción.

Tú no hacías ni caso a mis palabras.
Ya notaste que cuando disimulo me cambia un poco la voz.
Notaste que nunca había encontrado
alguien que me susurrara al oído siempre la misma canción,
alguien que buscara un espejo
para los días en que me cambiara de lado el corazón,
alguien que parara mis lágrimas
justo antes de que cayeran en el alcohol.

Y como notaste también que los que más lo mencionamos,
aunque sea para mal, somos los que más creemos en el amor,
supiste que era yo al que llevabas esperando tanto tiempo.
No te importó
encontrarme diciendo tonterías en una discoteca,
porque sabías perfectamente que era yo.
Me cogiste de la mano y esperaste a darme un beso
a que el DJ cambiara de canción.
Me hiciste ver que uno puede creerse muy distinto
pero que siempre, tenga el corazón donde lo tenga,
tiene la misma necesidad de amor.

Las palabras escuecen más que las lágrimas…
y la ausencia y el olvido.

El alma aprendió a llorar
pero no aprendió a olvidar lo que se ha ido.
El corazón fue haciendo caso a las palabras
que el recuerdo le susurraba al oído.

Ni las palabras pueden aliviar
el dolor de un corazón herido.

Con la ausencia se arrugó el alma
y el corazón entró en los días
en los que ya no importa nada.
Los párpados se fueron cerrando
rodeados por cientos de lágrimas,
dejaron de ver lo que un día
puede que se llamara esperanza.

Y la soledad acecha
al que está enfermo de nostalgia.
Y el enfermo cree
que la soledad es la única esperanza.

Puede que dolieran,
sí, puede que escocieran aquellas lágrimas,
pero no hay arma tan poderosa contra el corazón
como la poesía, como las palabras…
como los versos que uno mismo se escribe
para intentar comprender por qué
ya no importa nada.

Era imposible que conociera la tristeza de verdad.
No. Porque aún no era consciente
de lo triste que es un día sin verte.

Lloraba porque suponía que había que llorar,
por eso podía ponerme triste de repente.
Lloraba porque yo también quería tener
a alguien que me diera una excusa para dejar de ser fuerte.

Lloraba aposta, sí.
Por eso todos mis poemas de amor tenían ese regusto a muerte.

Y en cambio ahora, cuando con más razón podría ponerme a llorar
porque ahora sí sé lo que es un día sin verte,
cuando más cerca estoy de la tristeza
porque es tan fácil como que se te olvide que lo nuestro es para siempre,
cuando siento lágrimas por todo el cuerpo,
ni aposta me sale ya llorar, ni de repente.

Los que lloraban era porque no sabían
que un día basta para ridiculizar a la muerte,
que al que ama de verdad
las lágrimas le saben menos fuertes
porque van almacenando besos
y van llenando el alma de una tristeza diferente,
de una tristeza que no hace llorar,
que hace querer estar juntos siempre.

Lloraba aposta, sí. Por lo triste que creía que iba a ser quererse.

Ahora sé que querer
es lo más lejano que existe de la muerte.