No me vale el argumento
de que todos vamos a morir
y que es mejor vivir felices.

No me vale el argumento
de que los buenos al final
serán recompensados.

No me vale el argumento
de que todo está dispuesto así
desde un principio.

Me vale el argumento
de que todos vamos a morir
y que es mejor sufrir
intentando averiguar por qué morimos.

Me vale el argumento
de que los buenos al final
serán más sabios,
pero no serán premiados
por haberlo sido.

Me vale el argumento
de que todo está dispuesto así,
pero que somos capaces
de cambiarlo todo
de sitio.

Yo pensaba que la gente que se enamora locamente
en verdad no quería,
que era irracional idolatrar de esa manera,
que era confundir el amor con la vida.
Creía que había que encontrar el equilibrio,
no perder la perspectiva,
entender que se puede amar, sí,
pero también hay que vivir,
que si no amar es mentira,
que si no amar es un sueño
que probablemente acabe siempre en pesadilla.

No veía entonces
en qué fallaba mi teoría.
La había basado en parejas
en las cuales uno no quería.
Pero, si dos personas se enamoran locamente,
con que cada uno ponga una mitad bastaría,
pues con dos mitades de amor se ama mucho
y se vive mucho con dos mitades de vida.

¿Cómo lo descubrí?
Porque cuando me enamoré locamente de ella
empezó a ser más racional mi vida.

La vida tiene un precio
que no puedes pagar continuamente
Felipe Benítez Reyes

Puede que siempre hayas podido permitírtelo,
incluso que hayas invitado a otros a vida,
pero sabías que en algún momento
tus ahorros se acabarían.
Derrochaste mucho, fuiste generoso,
hacías lo que creías que debías.
No entendías que la gente no entregara como tú
tanto amor como de jóvenes sentíais.

Y te quedaste atrás,
dejaste de poder pagar la vida.
Y te asustaste.
Pero llegó ella
con tanta vida contenida.
Y encontraste ese billete entre las páginas del tiempo,
ese beso que guardaste, por si acaso, un día,
esa lágrima olvidada,
esa forma de ser tan tuya que creíste que nunca volvería.
En el fondo sabías que en algún momento
no podrías permitirte la vida
y guardaste ese poco
aun suponiendo que no valdría.

Pero llegó ella
y te enseñó a gestionar tu alegría,
te enseñó que no está mal ser generoso,
que el precio de las cosas no funciona igual que el precio de la vida,
que en el amor cuanto más se gasta
más se confía,
que la vida así te da más préstamos
y como mucho te los pide de vuelta en forma de poesía.

Treinta y uno.
Empiezo a pensar
que voy a ser siempre así,
que va a ser siempre así.
Que no se cambia
aunque se madura.
Tendré que empezar a vivir con lo que ya tengo,
dejar de confiar en que algún día seré mejor,
en que todo era un entrenamiento.

Llevo viviendo desde que empecé.
Es difícil de creer
pero quizás en lo que se cambia es en eso,
en entender por fin que no se cambia,
en aceptar por fin las cosas que tenemos
como nuestra personalidad.
Empezar a ver que somos una figura
como el resto,
que no estamos tan difuminados
como sugieren nuestros pensamientos,
que hay gente que nos ve,
que hay gente que piensa en nosotros
y para los que somos los otros en sus miedos,
que hay quienes probablemente nos tengan envidia
porque nos ven igual que les vemos nosotros a ellos:
desde fuera, sin entender
que todos empezamos a vivir desde el comienzo,
que todos nos preparamos mucho para no cambiar nunca
aunque un día cambiemos
en la forma de entenderlo todo,
de saber que somos algo y que somos ciertos.

Treinta y uno y sigo aquí,
igual de bueno,
o igual de malo, no lo sé,
el caso es que con la figura al fin cerrada en el espejo.
Por fin levanto el brazo izquierdo y no parece
que esté levantando el derecho.

Hay días en que me siento
como si alguien hubiera dicho que no se puede escribir poesía
y yo metiera la pata
escribiendo las más optimistas.

También me siento así
las pocas veces en que siento alegría
y salgo a la calle
y justo nadie está contento ese día.

No es que quiera estar triste,
es que siempre he sentido lo que creía que debía
y me he equivocado tantas veces
que no quiero arriesgar más mi poca alegría.

La guardo para cuando esté seguro
de que ha llegado el día,
de que he encontrado a la persona
que estará contenta cuando le dedique mi más optimista poesía.

 

¿Cómo se puede vencer
a la terrible idea de que se va a morir?
De muchas formas:

Cantando,
con la extraña felicidad
de saber que se está vivo
y no saber por qué.
Con esa sonrisilla maliciosa
del que cree que no merece lo que tiene
pero disfruta con ello.

Escribiendo, leyendo.
Comprobando que todos tuvieron la muerte al fondo
y la vencieron,
dejándose caer en lo bonito que es hacer cosas
sin ningún motivo,
porque sí,
porque estamos vivos.

Riendo, sobre todo riendo,
como el loco que se ríe
atravesado por flechas.
Así se ve lo poco que importa cualquier idea
y más la idea de la muerte,
que es la única que ya no sabremos si era cierta,
y si lo sabemos
querrá decir que la muerte
solo es un paso
de un lado a otro
donde ya no haremos caso
a las locas ideas
inventadas por el hombre
para hacer más épica la vida,
aunque ello haya implicado
temer a la muerte.

¿Cómo vencer a la muerte?
Cantando, riendo,
sabiendo que no se pierde nada.
Y si se siente que se pierde
es porque todo lo que aparenta ser un final
suena a derrota.

Yo la venzo escribiendo
porque así se ve más claramente
que todo no es más que palabras en un papel
y que el precio de disfrutar de la vida
es ser conscientes de que se muere
y el precio de amar
es que el final sea siempre triste y duela.

Si hemos decidido ser así
aceptemos lo que venga
riendo
porque al fin y al cabo ya se sabe
que los más tristes finales
son los que han tenido las historias más bonitas,
los que demuestran
que da igual cuándo llegue
porque por el mismo precio
nos dan la posibilidad de vencer cualquier dolor
y de completar con recuerdos
las historias que se acaban demasiado pronto.

Luego estamos los que preferimos imaginar
antes de pensar que no somos nada,
los que creemos que esa extraña sensación
que nos invade todo el cuerpo cuando el verso ataca
es algo,
aunque de momento solo ayude cuando embriaga.

Pero, claro, esos somos los que estamos luego,
los que podríamos huir de una mirada,
los que tocamos el aire y recordamos
lo que éramos cuando solo éramos alma.

Estamos luego porque un día
vale para nosotros como una vida que no acaba,
porque al escribir en verso hay un segundo
en que entendemos toda la existencia humana.

Estamos luego porque al comparar la vida
con un segundo de convertirse en solo alma
nos es difícil entender
a los que ansían una vida tan horriblemente larga.

Estamos luego porque no nos importa estar luego,
porque aún nos corroe la curiosidad humana
de saber por qué no es posible
capturar esos segundos y ser más tiempo almas.

Estamos luego porque buscamos el amor perfecto,
porque sabemos que la manera más parecida de prolongar esos segundos
es cuando se ama.

Podría ser feliz, lo sé.
Podría ser feliz y verte hoy.
Podría ser igual que todos.
Pero no lo soy.

Podría ser mi vida una comedia,
tan solo poniendo mis recuerdos al revés.
Podría ser mi vida una alegría,
pero no lo es.

Podría serme el viento favorable
si supiera dónde me tengo que poner.
Podría ser mi vida algo agradable,
pero, por algún motivo,
ni quiero ni lo puede ser.

Solo tú eres capaz
de hacer que no importe
que el alma duela.

Solo tú eres capaz
de explicarme por qué
la vida es tan bonita aunque al final se muera.

Solo tú,
porque tú sabes de tristeza,
porque tú sabes que tener miedo no es malo,
que no es malo huir a veces ni siquiera.

Solo tú eres capaz de reconciliarme con las cosas
que nunca he enseñado porque me daba vergüenza.

Solo tú eres capaz de hacer que en el fondo de mi alma
pueda llegarme a creer que alguien me quiera.

Y así ya el miedo
no da tanta vergüenza.
Y que acabe un día no importa
porque solo un día contigo ya mereció la pena.

Me declaro incapaz de seguir viviendo.
O, mejor dicho,
me declaro indispuesto,
que capaces hay muchos
por lo que veo.

Estoy harto de aprender
las horribles cosas que he tenido que ir aprendiendo:
que es sano mentir a veces,
que no es bueno ser bueno,
que es un cobarde
el que no se atreve a dar un beso,
que hay que dedicarse a lo que uno quiera,
eso sí, cuando ya nos hayamos buscado un buen sueldo,
que hay que disfrutar de la vida,
pero más tarde, después de trabajar, que si no hay demasiado tiempo.

Y yo no puedo más.
Me declaro indispuesto.
Tengo ganas de tumbarme en la vida
y, como en el agua, hacer el muerto.
Al fin y al cabo tengo todo lo que tiene el mar,
agua y sal, las lágrimas pueden ser mi sustento.

Voy a hacerme el muerto, sí,
abriré mucho los brazos y meteré el culo para dentro.
Así es como mi madre me enseñó
que había que hacerlo
en aquella época en la que aún estaba de acuerdo con las cosas
que iba aprendiendo,
cuando todavía me quedaba ilusión por cambiar
el instinto del ser humano aplicando nuevos medios,
cuando aún me quedaban además
buenas razones para hacerlo,
cuando aún no había ganado la batalla
la parte del ser humano que, no sé si para bien o para mal, nos llevó a ser esto.

Ahora supongo que ya como todos he llegado a esa edad
en la que a todos nos dan ganas de declararnos indispuestos,
pero como somos capaces
seguimos viviendo.