No creo que sea que la sigo echando de menos.
Es más bien
la satisfacción de saber
que no todo acabó tan mal como dijimos.

Ese megusta sin venir a cuento…
Yo que la conozco
noté en ello un guiño,
una reconciliación en la distancia,
de esas que no sirven para querer volver,
pero sí para saber que no fue tan malo todo.
Como una reconciliación hacia atrás,
como un juego que se traen nuestros recuerdos entre manos,
al margen de nosotros.

Por eso sentí esa satisfacción,
la satisfacción de saber que ya todo pasó
y que ya por fin no es triste echar de menos.

La vida cansa
y cansa también
saber que vamos a morir.
Por eso, no seamos dos,
seamos uno
y unamos nuestras fuerzas
que, separados, no nos bastan
para afrontar la vida
y afrontar la muerte
que cansa cada vez más
cuanto más sentimos
que hemos tirado la vida
por pensar tanto en la muerte
cuando aún estaba lejos,
cuando estaba aún muy lejos
aunque no lo supiéramos.
Pensar en la muerte cansa,
pero cansa más haber pensado tanto en ella.
Seamos uno, pues,
y unamos nuestras fuerzas
para olvidar
y ser eternos
y para no cansarnos nunca
ahora que aún nos queda poco tiempo.

Me declaro incapaz de seguir viviendo.
O, mejor dicho,
me declaro indispuesto,
que capaces hay muchos
por lo que veo.

Estoy harto de aprender
las horribles cosas que he tenido que ir aprendiendo:
que es sano mentir a veces,
que no es bueno ser bueno,
que es un cobarde
el que no se atreve a dar un beso,
que hay que dedicarse a lo que uno quiera,
eso sí, cuando ya nos hayamos buscado un buen sueldo,
que hay que disfrutar de la vida,
pero más tarde, después de trabajar, que si no hay demasiado tiempo.

Y yo no puedo más.
Me declaro indispuesto.
Tengo ganas de tumbarme en la vida
y, como en el agua, hacer el muerto.
Al fin y al cabo tengo todo lo que tiene el mar,
agua y sal, las lágrimas pueden ser mi sustento.

Voy a hacerme el muerto, sí,
abriré mucho los brazos y meteré el culo para dentro.
Así es como mi madre me enseñó
que había que hacerlo
en aquella época en la que aún estaba de acuerdo con las cosas
que iba aprendiendo,
cuando todavía me quedaba ilusión por cambiar
el instinto del ser humano aplicando nuevos medios,
cuando aún me quedaban además
buenas razones para hacerlo,
cuando aún no había ganado la batalla
la parte del ser humano que, no sé si para bien o para mal, nos llevó a ser esto.

Ahora supongo que ya como todos he llegado a esa edad
en la que a todos nos dan ganas de declararnos indispuestos,
pero como somos capaces
seguimos viviendo.

Y tú
que tantas veces deseaste
que llegara alguien
como yo.


que a veces dices
que me quieres
con el desparpajo
del que muchas veces
lo ha sentido,
aunque dices que nunca
ha habido nadie
como yo.


que quieres
que me sienta querido
siempre.


que no sabes las dudas
que tiene el que ha sufrido tanto,
sin tener que haber sufrido,
como yo.


que no comprendes
que no me quita el miedo
saber que muchas veces
deseaste que llegara alguien
como yo.


que dices que me quieres
y quieres que lo sienta
y no comprendes
que no hay nadie en el mundo
que necesite sentirse
tan querido
como yo.

Como yo,
que aparento ir tan seguro por la vida
que ni tú ni nadie
comprende lo que siento
como yo.

Como yo
que necesito comprender
que no soy otro,
que no soy uno más
que has encontrado,
aunque no hayas encontrado a otro
como yo.


eres quien me hace
sentir que ser querido
no es fácil para alguien
como yo.

Como yo,
que tantas veces he esperado
que llegara alguien
como tú.

Como yo,
que no soy capaz de convencerme
de que es posible ser querido
aunque hayas querido a otros,
aunque no les hayas querido,
aunque no fueran
como yo,
de que no siempre lo último
es el final que no elegimos,
que hay personas
que viven esperando
a que llegue alguien
como yo, como tú,
como tú y yo,
como nosotros
unidos por el miedo
de los que tantas veces desean
que alguien llegue,
aunque no llegue,
aunque duden tanto
cuando llega,
como nosotros.
Como tú y yo.
Como tú.
Como yo.

sin luna, sin nostalgia, sin pretextos
Mario Benedetti

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos
las estrellas, las luciérnagas y las flores.
Yo también caí en el empeño de que una sea la correcta
que tenemos todos cuando somos jóvenes.
Y la llené de estrellas,
la llené de luciérnagas y flores
para que se adaptara a mis promesas,
a mis sueños, a mis recuerdos, a mis temores.

Ahora no es difícil verlo,
cuando la experiencia ha vivido lo suficiente para sacar conclusiones:
las estrellas se apagan, las luciérnagas mueren,
se marchitan las flores.
Hay algunas que tardan más tiempo,
pero a todas les pasa justo después de que uno se enamore,
en el momento exacto en el que ya no distinguimos
promesas de tentaciones,
falta de amor en ella
de nuestros errores,
días de insomnio,
de reconciliadoras noches,
lo importante que es ella para nosotros
del miedo al daño cuando nos abandone,
los rellenos que le hemos puesto
de lo que en verdad su amor supone.

Antes eran rellenos.
Ahora son adornos.
Por eso dejé de culparme de haber marchitado en las manos
tantas flores,
de haber apagado luciérnagas y estrellas,
de haber estropeado tantos amores.

Los rellenos siempre caen
aunque no se vea porque las reconciliaciones no dejan pensar por las noches,
Los rellenos caen
y los recuerdos no valen porque proceden de la misma persona que los pone.
Los rellenos siempre caen.
Lo comprendí cuando chocaron de frente con tu nombre
y los usé de adornos
por no tirarlos y que les volviera a dar mal uso otro enardecido joven.

Era imposible que conociera la tristeza de verdad.
No. Porque aún no era consciente
de lo triste que es un día sin verte.

Lloraba porque suponía que había que llorar,
por eso podía ponerme triste de repente.
Lloraba porque yo también quería tener
a alguien que me diera una excusa para dejar de ser fuerte.

Lloraba aposta, sí.
Por eso todos mis poemas de amor tenían ese regusto a muerte.

Y en cambio ahora, cuando con más razón podría ponerme a llorar
porque ahora sí sé lo que es un día sin verte,
cuando más cerca estoy de la tristeza
porque es tan fácil como que se te olvide que lo nuestro es para siempre,
cuando siento lágrimas por todo el cuerpo,
ni aposta me sale ya llorar, ni de repente.

Los que lloraban era porque no sabían
que un día basta para ridiculizar a la muerte,
que al que ama de verdad
las lágrimas le saben menos fuertes
porque van almacenando besos
y van llenando el alma de una tristeza diferente,
de una tristeza que no hace llorar,
que hace querer estar juntos siempre.

Lloraba aposta, sí. Por lo triste que creía que iba a ser quererse.

Ahora sé que querer
es lo más lejano que existe de la muerte.

Me llegó el alma una noche
con una de sus orgullosas preguntas:
¿No te dije hace ya tiempo
que pronto te amaría alguna,
que esperaras tranquilo
que vendría una a besarte con ternura?

Yo le respondí con ese tono amargo
con el que se le habla al alma cuando es inoportuna.
¿Y no te dije yo que sí,
que no había prisa alguna,
que esperaríamos a que viniera
la que supiera lo que hacer con las heridas que no se curan?
Pero es que tú no entendías
que para mí la espera era una tortura,
que tú eres espíritu y te pones triste
pero yo soy también cuerpo y me duele si me arrugan,
que a ti te pone melancólica,
pero a mí me puede volver loco la luna,
que los sueños para ti son algo más
pero a mí si no se cumplen me derrumban
y que a ti el tiempo te da igual
pero a mí la muerte me asusta.

El alma respondió: Sí, es verdad,
tu dolor no se puede comparar con mi amargura.
Yo soy aire y me atraviesan
los rayos de la luna.
Y es verdad que seguiré viva
cuando tu sonrisa deje de esconder las heridas que no se curan.
Pero tienes que saber
que quizás es mejor vivir sólo lo que la vida dura,
que es mejor saber por qué duelen las cosas cuando duelen,
algo que mi tristeza no tiene claro casi nunca,
que tú te irás y yo me quedaré, sí,
pero me quedaré sin ti, viviré desde entonces a oscuras
y no podré soñar ya para ti
los sueños que te preparo cada noche para que no sufras,
los que te preparaba, no sé si acertadamente,
para que tu espera no fuera una tortura,
los que preparé para celebrar
que llegara ella y te besara con esa ternura
cuando yo empezaba a estar ya inquieta
porque no encontrabas a ninguna,
porque ninguna parecía entender
esa brusca dulzura tuya,
cuando el tiempo pasaba y tú no querías estar más solo
y yo no sabía ya cómo hacer para disimular mi angustia.
No digas que no entiendo tu dolor
porque a mí tu muerte, quizás no me duele como a ti,
pero también me asusta.

Después de nadar entre las olas,
después de contar inútilmente las estrellas que caben en el cielo
cuando estoy a solas,
después de tanta luciérnaga,
de tanta excusa para no aceptar
que uno no quiere de verdad hasta que no entiende por qué se enamora.
Después de tanta lágrima
que ya no sé si lloraba aposta,
como me siento ahora
es como si estuviera en una colchoneta
tumbado plácidamente sin que me importen las olas,
como cuando de pequeño me quedaba a gusto solo,
pero esta vez sin estar a solas,
como cuando las luciérnagas, las estrellas o las flores dan igual
porque solo son rellenos para el que en verdad no se enamora.

En una colchoneta, sí, con la plácida calma
del que es feliz por fin en el ahora
y aunque sabe que en un tiempo tiene que volver a andar
de momento cierra los ojos cinco minutitos más aposta.

En una colchoneta, sí, contigo…
Ya volveremos a la orilla cuando sea la hora.

(Qué raro es el cumpleaños de alguien cuando de pronto no cumple un año más)

Que quedaba algo, decía,
que quedaba algo del que muere.
¡Qué iluso! ¡Queda más!
Porque se recuerda más al que está ausente,
porque se sueña más con la persona
y parece como si los sueños tuvieran más relieve,
porque ahora ponemos más ahínco al hablarle
porque no sabemos si nos entiende.
Queda más porque hay personas tan buenas
que aun cuando se mueren
siguen dándonos la mano
si notan que la vida nos duele.
Queda más porque en su torpe bondad no se dan cuenta
de que ahora sentirles escuece,
ahora tocarles nos hace sentir más solos
porque sabemos que pueden acercarse, pero no vuelven.
Sentirles nos hace dudar
si cogerles fuerte de la mano
o dejarles ya que se vayan para siempre

Yo me reiría un poco más.
Total
¿qué cuesta aparentar que te hace gracia?
¿Qué cuesta entusiasmarse?
Puede que tú ya no vayas a encontrar
la felicidad nunca.
Y nadie te culpa por ello.
Tu vida se ha empeñado
en destrozarte la sonrisa.
Pero ríete un poco más.
Total.
La mejor manera de vengarse
es devolviendo lo contrario.
Solo tienes que esconder
las rajas que al reírte
se abren,
más profundas cada día
en las comisuras de tu corazón.
Pero qué más da.
Total.
Ya tienes el corazón
lleno de rajas.
Y ya que hay que morir,
¿por qué no reírse un poco más?
¿Qué te cuesta aparentar
que la vida te hace gracia?
¿Qué te cuesta
disimular el sufrimiento un tiempo más?
Ríete todo lo que puedas.
Total.
Para divertirse un poco más,
para que sigas sufriendo,
la vida seguirá manteniéndote vivo.