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Me voy a vengar escribiéndote.
Te vas a enterar a base de palabras
Vas a ver que no estar conmigo
es perder la oportunidad de entender el alma.

Voy  a desmontar con versos a aquellos
que se atrevan a destruirme al rozarte en la distancia.
Voy a encontrar todas las letras que nos unen
para que inevitablemente sientas que me pronuncias al pronunciarlas.

Me voy a vengar escribiéndote.
Te voy a lanzar tantos versos a la cara
que tendrás que quererme
tendrás que reconocer que no es verdad
que escribir no valga para nada.

Me voy a vengar.
Lo siento, pero voy a hacer trampas.
Ya que el amor no entiende de personas,
tendré que convertirnos en palabras.

Tú lo has querido.
Yo te di todo lo que sé que hacía falta.
Pero te aliaste con la vida.
No sabías que a la vida siempre la destrozan las palabras.

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Esta es una de esas noches
en las que la poesía me aplasta.
¿Quién soy yo para escribir?
¿Quién me creo yo para poder hablar del alma?

Esta es una de esas noches
en las que solo el amor me respalda,
en las que si no fuera porque existes
pensaría que después de mí no quedaría nada.

Esta es una de esas noches
en las que lo bueno naufraga,
en las que escribo con la mano dormida
mientras el corazón mira de reojo ya a la cama.

Es una de esas noches
en las que la vida se acaba,
un libro más que termina
una oportunidad menos
para no tener que arrepentirme mañana.

Esta noche
solo el amor me respalda;
solo él me da la razón
de que estuve triste porque hacía falta.

Me hace falta más;
no me basta con acariciarte.
Sé que es lo que hacen los demás,
pero yo necesito explorar tu sangre.
Necesito ser parte de tus venas;
también por dentro necesito abrazarte.
Puedo escribir y calmarme un rato,
pero necesito que tu piel también me atrape.
Hasta quiero ser tú,
quiero que nuestras células se solapen.

Me hace falta más;
me hace falta asaltarte.
Cada milímetro que nos separa
siento que es tiempo que se nos cae.
Necesito que este abrazo
nunca acabe.
Me duele hasta dormir.
Yo quiero que me sueñes soñándote,
que nada me pueda separar de ti,
que ni siquiera puedan encontrarme,
que crean que somos solo una persona
y que solo tenga que salir de ti para besarte.

Me hace falta más;
me hace falta dejar de llamarte,
que pensemos en nosotros los dos a la vez
y que no se entere nadie.

No te voy a dejar de querer.
Pero te voy a dejar de hablar, sí.
Ahora podré quererte a gusto,
aunque sea sin ti.
Ahora no tendremos que pelearnos
por el sitio adonde ir.
Ahora te podré contar lo que yo quiera,
porque como siempre será contármelo a mí.
A ti ya no te servirá para nada,
pero a mí me encantará quererte así.

Porque no te voy a dejar de querer.
Ya descubrí
que eso es imposible hasta que no pase algo de tiempo.
Primero tengo que dejar de existir.

Y por eso te voy a dejar de hablar.
Inténtalo todo lo que quieras. Ya no estaré aquí.
Me habré escondido donde dicen
que no es tan fácil creer que uno es feliz,
donde el tiempo no pasa más rápido,
pero no deja ni un segundo de alejarse de ti.
Allí encontraré el punto exacto
donde se cruza el futuro con las ganas de morir.
Y así no dejaré de quererte, no;
o quizá deje de quererte, sí.

Yo lo perdono todo.
Eso no vale.
Y lo peor es que sabes que lo olvido.
Así que no me vengas ahora quejándote
de que me haya ido.
No me voy porque te odie,
me voy porque he aprendido a fingir
que todavía no me has destruido.
Ni siquiera me caes mal;
no me puede caer mal a quien tanto he querido.

Pero me voy.
Ya está decidido.
Sabía que perdonarte siempre
es lo que al final acabaría contigo.
Porque será una tontería, pero no odiar
a veces es el mejor camino
para dejar de querer
y fingir que no hemos querido.

Parece raro, pero es más difícil
cargar con una vida que con dos.
El amor tiene estas leyes
para las que solo la poesía ha dado a veces una explicación.
Luego se ven esas parejas
para las que es tan sencillo el amor
y uno piensa qué hace mal,
por qué en algo tan bueno no le sirve de nada buscar siempre lo mejor,
por qué le atrae esforzarse tanto,
incluso sabiendo que aquí es más fácil meter la pata por exceso de ilusión,
por qué la vida le enseña reglas a uno
que luego se dan la vuelta cuando uno se convierte en dos,
y justo cuando uno empieza a creer que entiende esas reglas
empieza a ver que la otra persona no las cumple
el corazón.
Y se queja y protesta y se resiente
y, aunque uno intenta esconder sus gritos bajo el dolor,
no se puede y al final cae todo
cuando dormirse triste era ya una feliz señal
de que se iba en la buena dirección.

Es entonces cuando uno se da cuenta
de que haberlo dado todo no ha sido al final lo peor,
que lo malo viene ahora cuando ya sin fuerzas
inesperadamente cuesta más cargar con una vida que con dos,
como si pesara el vacío,
como si los recuerdos se nos fueran agarrando al pantalón,
como si no ser queridos
fuera menos malo que ir dejando atrás el dolor,
como si un sí, da igual de qué manera,
pesara siempre mucho menos que un no,
como si fuera verdad que el olvido al fin y al cabo
es una carga más pesada que la decepción.

Puedes hacer dos cosas a la vez.
Muy bien, pero no las hagas.
Ahora solo estate junto a mí un ratito,
que de vez en cuando a mí también se me acaba la esperanza.
Dime que me quieres, pero dilo
como cuando no sabías de lo que hablabas,
dilo con aquellas ganas de futuro
que te hacían a veces meter la pata.

Antes también podías hacer dos cosas a la vez,
cogerme de la mano a la vez que me mirabas.
Ya sé que ahora no podemos estar tanto tiempo juntos,
pero eso no implica que separarse haga falta.
Si puedes hacer dos cosas a la vez,
¿por qué no estás aquí mientras no estás, en esas noches tan raras?
Es verdad que ya lo sabíamos
cuando los recuerdos nos tiraban de la camisa por detrás y nos frenaban.
Es verdad que la vida algunas veces venía con nosotros
para recordarnos que la tendríamos luego siempre entre las sábanas.
Por eso ahora no debería quejarme
de lo que ya sabía antes de que todo empezara,
pero es que me enamoré de ti
porque tú siempre tenías un «ya verás» en la manga.

Y ahora sé que me quieres más que entonces,
pero a veces las dudas y el amor parecen ir en dirección contraria.
Por eso necesito que sean otra vez para mí
las dos cosas a la vez que hagas.
Que no te baste solo con quererme tanto,
que también finjas un momento que la vida no te importa nada,
aunque sea solo en estos momentos tan tontos
en los que, cuando menos motivos tengo, más pierdo la esperanza.
Así, como entonces, me dirás mientras me quieres
«Ya verás como todo lo malo pasa»,
«ya verás como quererse podrá con todo»,
aunque el amor te siga recordando que hay cosas que se acaban.
Y después me abrazarás mientras me quieres
y yo sentiré de nuevo que abrazar no implica que alguien se vaya.

Y así podremos volver a atender la vida,
que ya miraba el reloj algo enfadada.

Esos días que se creen más importantes que otros,
que nos hacen creer que los demás serán igual que ellos.
Esos días con ínfulas de meses, de vidas,
que se creen que no podremos ser nunca felices
solo porque un día lloremos.

El otro día me encaré con uno,
le enseñé aquella tristeza que fracturé en un verso
la tarde en la que un solo mensaje
me hizo querer vivirlo todo
justo después de haber querido estar muerto.

Lo malo es que esos días a veces
consiguen convencerme a base de recuerdos:
los saben ordenar de tal manera
que hacen que mi propia vida me dé miedo.

Intento hablarles del futuro que me espera,
pero hasta yo sé que el futuro nunca es un buen argumento.
Esos días me ganan
y les creo,
pero qué gusto da recordarlos después
y reírse de ellos,
tacharlos con fuerza en el calendario,
ver lo ridículo y absurdo que es
visto desde lejos el tiempo.

Qué gusto da pararse a pensar
también los días buenos,
escribir poesías sin demasiadas ganas
por el deber de preparar para los otros días un buen argumento,
para esos días que se creen tan importantes
a pesar de que mi vida al final siempre ha podido con ellos.

A veces me disgusto con la vida
y quiero pensar que no sirve para nada.
A veces me gustaría que se demostrara que somos un error
y decírselo a todos los que se ríen a la cara.
A veces siento que no hay solución,
que no merece la pena buscarla,
que la mejor manera de disfrutar de la vida es olvidándola.

Esas veces miro al cielo
y se me meten para dentro las lágrimas
y me voy sintiendo más feliz
cuanto más voy sintiendo que no soy nada.
Pero me asusta la alegría.
Me asusta que la felicidad se parezca tanto a la ignorancia,
a no hacer nunca preguntas
por si nadie sabe contestarlas.

Entonces bajo la vista y miro al suelo
y voy recuperando mi amarga esperanza.
Me quedo un momento callado
y sonrío al ver que se me cae una lágrima.

A veces se me atascan las penas
y quiero llorarlas pero no salen.
Y entonces parece que no se puede hacer ya nada
para que la tristeza acabe.

A veces se me atascan los versos
y quiero escribirlos pero no caen.
Y entonces parece que nunca caerán
y que habrá poesías siempre que me amarguen.

Es mejor ahí dejarlo todo,
dejar que todo pase.
Ya habrá tiempo para las lágrimas
y para que los versos se levanten.

La tristeza tiene días
con ansia de ser sangre,
de querer tenernos siempre
oliendo como ella a tarde.

Por eso hay que ignorarla,
que no nos amenace,
que asusta, sí, estar triste,
pero es raro que al tiempo no se pase.