En lo raro del tiempo me encuentro tu mirada
rodeada de otra vida, otros gestos, otros tiempos.
¿Por qué hoy, esta noche de falsas coincidencias?
¿Por qué quiere el destino guardarte en mis recuerdos?
Me miras. Te conozco. Te miro. Me conoces.
¿No apareciste ya en algún otro de mis sueños?
Aquella discoteca. Tu voz insuficiente.
La distancia recuerda que no nos conocemos.
La oscuridad de nuevo a los dos nos acorrala.
El destino no existe… Ni el amor verdadero.
¿Para qué desperTar con tu imagen en mi cama
si seguro que aún sigues con copas de otros versos?
¿Para qué lamentar eSta espera de tenerte
si por las mañanas se me olvida que te espero?
Y tú, disimulando, ¿por qué no te me acercas
y me cambias la espera por un saco de besos?
Y yo, disimulando que estás en todas partes,
¿por qué no me termino la poesía y me acerco?
Es difícil amar y es difícil ser maldito.
Es difícil querer sin saber decir te quiero.
Y el saber que nunca te amaré desde más cerca
me reconcilia ausente con la palabra “lejos”.
Y ahora que esta noche me ha vuelto a recordarte,
deduzco que la casualidad no es un misterio
que en el mundo, al fin y al cabo, somos poca gente
y el mundo, al fin y al cabo, es bastante pequeño,
y si te he vuelto a ver esta noche donde siempre
no es porque cada noche llores por mí en silencio,
sino porque desde la tierra se ven pocos ángeles
y esta noche me he vuelto a quedar mirando al cielo

“Suena extraño que después de tanto tiempo no se les olvidara su mutuo amor, pero es que lo habían escondido tan bien en sus corazones para no darlo a conocer que ni el propio olvido lo pudo encontrar.”

(De la triste historia de Quichi y Marta)

Se quedó sin ser el poeta que iba a ser.
Sus 20 años se quedaron congelados en el viento.
Las palabras se olvidaron
y los sueños se durmieron.
La juventud se dedica a escribir poesías
y la vida, verso a verso, las va destruyendo.

Pero hay versos dorados,
versos de oro que el poeta no comprende,
versos que consiguieron despegarse del viento,
versos que iluminaron una noche estrellada,
versos que dejaron de ser versos.

Y ahora, cuando se lean
las palabras del poeta que nunca llegó a serlo,
se entenderá que la poesía
está más allá del poeta, más allá de los versos
y más allá de la vida
que los va destruyendo.

Por nuestro bien debemos olvidar cosas,
olvidar personas, simular que no las hemos conocido.
Quizás sería mejor
que no hubieran existido.

Y así estoy
ahogándome entre el amor y el olvido,
soñando con los que se fueron cada día,
negándome a aceptar que se hayan ido.

Y así voy,
olvidando despierto, recordando dormido,
sabiendo que ya nunca volverán,
soñando que todavía están conmigo.

Y así estoy,
creyendo al despertar que lo he asumido,
que la vida pasa y que pensar no sirve,
que hay que olvidar para seguir el camino.

Pero yo sé que se puede seguir sin olvidar,
recordar lo vivido,
andar, andar, andar,
andar sin lo perdido…
Pero por las noches al dormir,
aunque solo sea un ratito,
dejar que nuestros sueños nos hagan sentir
que todavía siguen vivos.

Dejamos la barca en la orilla.
Tú me miraste callado
y me guiñaste un ojo como me guiñabas entonces
pero con los dos ojos cerrados.
Dejamos la barca atrás,
quizás no fuera favorable el viento.
Tú te habías cansado de remar
y no era buen momento
para que yo me pusiera a remar
solo con mi remo.
Te dije: “Oye,
¿cuándo volverá a ser favorable el viento?”
Y respondiste:
“Cuando alguien como tú a mí
te ayude a remar con su remo”
Te dije: “¿Te vas?”
Y te fuiste. Sí. Te fuiste.
No sé por qué se quedaron los que nunca se fueron.
Te fuiste y me quedé en la orilla
con la barca y con mi remo,
con la soledad del que navega solo
sobre las olas de recuerdos.
Y en el mar descubrí entonces
que no es la vida el reflejo
sino la fuerza que nos hace navegar
aunque no sea favorable el viento.

En el vidrio angustioso de los fanales
Pablo García Baena

¡No metáis a la rosa en el fanal!
¡No metáis a la rosa!
¡Mirad a la princesa
tan dulce y tan hermosa
y con tanta libertad!

¡No metáis a la rosa en el fanal!
¡No metáis a la rosa!

No daré nunca mi flor
a quien no quiera
guardarla en su corazón
y para siempre tenerla.

No daré nunca mi flor
–me decía la princesa–
a quien no me dé su amor
con las manos bien abiertas.

Yo no te pido tu flor
–le respondí a la princesa–
sino el amor
que se agazapa tras ella.

Yo no te pido tu flor
pero si me lo pidieras
en mi dulce corazón
la guardaría eterna.

¡Ay! Pues toma tú mi flor,
mi virgen flor de princesa,
pues tu verdadero amor
me ha prometido quererla.

Sangrando me dio su flor,
su flor me dio la princesa
y la metí en mi corazón
para siempre ya tenerla.

Sangrando en mi corazón
la flor de la princesa
riega mi sangre de amor
y juguetea por mis venas.

¡Oh, virgen flor
de la princesa!
¡Oh, virgen flor
de felicidad eterna!

La rosa estaba segura
en el jardín junto al viento
porque éste no le arrancaba
sus inmaculados pétalos.

Le dijo el viento a la rosa.
Le dijo a la rosa el viento:
Si no me lo pides, nunca,
nunca arrancaré tus pétalos.
¿Por qué querría arrancarte
esos adornos tan bellos?
¿Para qué querría ya
si no son tuyos tenerlos?

Segura estaba la rosa
en el jardín junto al viento
porque él la respetaba
y respetaba sus pétalos.

Cisne, cisne, ¿por qué lloras?
¿Cómo no voy a llorar
si no hay quien conmigo rime
como con los demás?

Pues para que tú no llores,
dulcisne voy a inventar.
¿y qué es dulcisne poeta?
¿Y qué es dulcisne Juan?

Es la lágrima más dulce
que una princesa jamás
ha llorado por el príncipe
que nunca la amará.