Por nuestro bien debemos olvidar cosas,
olvidar personas, simular que no las hemos conocido.
Quizás sería mejor
que no hubieran existido.

Y así estoy
ahogándome entre el amor y el olvido,
soñando con los que se fueron cada día,
negándome a aceptar que se hayan ido.

Y así voy,
olvidando despierto, recordando dormido,
sabiendo que ya nunca volverán,
soñando que todavía están conmigo.

Y así estoy,
creyendo al despertar que lo he asumido,
que la vida pasa y que pensar no sirve,
que hay que olvidar para seguir el camino.

Pero yo sé que se puede seguir sin olvidar,
recordar lo vivido,
andar, andar, andar,
andar sin lo perdido…
Pero por las noches al dormir,
aunque solo sea un ratito,
dejar que nuestros sueños nos hagan sentir
que todavía siguen vivos.

Dejamos la barca en la orilla.
Tú me miraste callado
y me guiñaste un ojo como me guiñabas entonces
pero con los dos ojos cerrados.
Dejamos la barca atrás,
quizás no fuera favorable el viento.
Tú te habías cansado de remar
y no era buen momento
para que yo me pusiera a remar
solo con mi remo.
Te dije: “Oye,
¿cuándo volverá a ser favorable el viento?”
Y respondiste:
“Cuando alguien como tú a mí
te ayude a remar con su remo”
Te dije: “¿Te vas?”
Y te fuiste. Sí. Te fuiste.
No sé por qué se quedaron los que nunca se fueron.
Te fuiste y me quedé en la orilla
con la barca y con mi remo,
con la soledad del que navega solo
sobre las olas de recuerdos.
Y en el mar descubrí entonces
que no es la vida el reflejo
sino la fuerza que nos hace navegar
aunque no sea favorable el viento.

No daré nunca mi flor
a quien no quiera
guardarla en su corazón
y para siempre tenerla.

No daré nunca mi flor
–me decía la princesa–
a quien no me dé su amor
con las manos bien abiertas.

Yo no te pido tu flor
–le respondí a la princesa–
sino el amor
que se agazapa tras ella.

Yo no te pido tu flor
pero si me lo pidieras
en mi dulce corazón
la guardaría eterna.

¡Ay! Pues toma tú mi flor,
mi virgen flor de princesa,
pues tu verdadero amor
me ha prometido quererla.

Sangrando me dio su flor,
su flor me dio la princesa
y la metí en mi corazón
para siempre ya tenerla.

Sangrando en mi corazón
la flor de la princesa
riega mi sangre de amor
y juguetea por mis venas.

¡Oh, virgen flor
de la princesa!
¡Oh, virgen flor
de felicidad eterna!

La rosa estaba segura
en el jardín junto al viento
porque éste no le arrancaba
sus inmaculados pétalos.

Le dijo el viento a la rosa.
Le dijo a la rosa el viento:
Si no me lo pides, nunca,
nunca arrancaré tus pétalos.
¿Por qué querría arrancarte
esos adornos tan bellos?
¿Para qué querría ya
si no son tuyos tenerlos?

Segura estaba la rosa
en el jardín junto al viento
porque él la respetaba
y respetaba sus pétalos.

Cisne, cisne, ¿por qué lloras?
¿Cómo no voy a llorar
si no hay quien conmigo rime
como con los demás?

Pues para que tú no llores,
dulcisne voy a inventar.
¿y qué es dulcisne poeta?
¿Y qué es dulcisne Juan?

Es la lágrima más dulce
que una princesa jamás
ha llorado por el príncipe
que nunca la amará.

Le dijo: Tú sueña siempre,
que soñar no cuesta nada,
y ella le dijo que nunca,
que nunca nunca soñaba.

Que eran deseos sus sueños
y sus noches esperanza.

Él le respondió que entonces
siempre siempre deseara.

Ella le regaló un beso
que duró hasta la mañana.
Le dijo: Ojalá esta noche
nunca nunca se acabara,
y se apretujó en su pecho
a su derecha acostada.

Le dijo que siempre siempre
dormiría en su cama.

Eran sus deseos sueños
y sus noches esperanza.

Que yo no tengo un pueblo que cantar
ni el olor de una casa en la ribera.
Que yo soy de la ciudad
y de las carreteras.

Que no tengo recuerdos que contar
bajo la sombra de una enredadera.
Que mis suspiros son gas
y mi llanto sirenas.

Que sueño con relámpagos de mar
y con los pastores y las ovejas
y quisiera caminar
sin camino y sin huellas.

Que no enseñan los móviles a amar
como los dulces pétalos lo enseñan
y nadie sabe nombrar
sin luz a las estrellas.

En mis versos jamás se encontrarán
las recónditas tierras de un poeta,
mas mi voz de otro lugar
escribiré en las piedras.

Enseñaré a amar
y a cantar a la belleza
y os enseñaré a apreciar
del mundo la esencia.

¡Oh, poeta de ciudad
sin recuerdos y sin tierra!