Si el poema me voló al alma
fue porque sus palabras se esparcieron en el viento.
Olían a los días en que todo era lo mismo;
lo mismo todo pero en distinto momento.

Si el poema me arrugó el alma,
fue porque hay palabras que parecen sentimientos.
Y allí se quedaron los míos,
desordenando noches, esparcidos en el tiempo,
tratando de buscar excusas
para escribir aquellos versos,
arrugándome el alma como quien arruga
un recuerdo,
como quien arruga la muerte,
como quien arruga un sueño,
como el que arruga todo lo que ya se fue
porque no queda ya nada que hacer por ello.

Si el poema me voló el alma
fue porque yo no pude superar aquello.
Y arrugué la vida
Y arrugué la muerte
Y arrugué miles de recuerdos
Y arrugué la esperanza de volver a hacer
lo que ya hice entonces pero en distinto momento.

Así que esto era:
amar no tenía por qué doler,
simplemente fue que aquellas
no me llegaron a querer.
Así que no importaba cometer errores,
no importaba no estar siempre bien,
no era que mis tonterías
nos hicieran retroceder.
Era eso. Era simplemente
que a aquellas les gustaba, pero no me llegaron a querer.
Era eso. Ahora lo sé.
Ahora que tú has llegado
y mis defectos
no son excusas para retroceder.
Ahora que me quieres de verdad.
Ahora que hasta lo malo está bien.
Era eso.
Ahora es muy fácil de ver.
Ahora que ya solo me preocupa
que a ti tampoco te duela, como a mí entonces, querer.

No me importa ser el raro,
el poeta,
el que supuestamente no trabaja porque no gana dinero,
el que comparte cosas íntimas,
el que no estudió Derecho.
No me importa que se rían
de que solo ahorre sentimientos.
No me importa preocuparles tanto
por mi futuro incierto.
No me importa ser el raro para todos mis amigos,
ser distinto a ellos.
No me importa, de verdad,
pues según están los tiempos
sentirme raro es requisito imprescindible
para ser lo que yo quiero.

Igual que la música
no deja de ser en su esencia ruido
y por mucho que se quiera a alguien
su cuerpo no deja de hacer sombra los días de menos frío.
Igual que aun las palabras más bonitas
son aire chocando por la boca, que no choca en cambio en los suspiros.
Igual que para el corazón
el amor son más rápidos, pero son solo latidos.
Así morir
es solo una parte del camino
y vivir,
vivir es la oportunidad de hacer que otros
encuentren la felicidad en nuestro recorrido.

La magia del mundo, como toda la magia,
no es más que un truco para engañar a nuestros sentidos.
Pero la cosa es que solo la magia
consigue que olvidemos que todo se reduce a latidos.

¡Cómo echarás de menos cuando me haya marchado
mi voz que tantas veces callaron tus palabras!
La recordarás siempre con el corazón roto
y lamentarás no haber sabido aprovecharlas.

¡Cómo desearás oír mi voz ronca de nuevo
rozando tus oídos con dulzura escarlata!
Sonará su falso eco por las noches
y tú lo apartarás de tus sueños asfixiada.

¡Cómo echarás de menos cuando me haya marchado
mi voz que despreciaste cuando aún eras mi amada!
Y yo te gritaré desde mi soledad triste
sabiendo que ya no me queda por perder nada.

¡Cómo lamentarás no haberme escuchado
en esas dulces noches de olvido solitarias!
Y yo arrojaré a la hoguera del recuerdo
las palabras que no te dije porque tú hablabas.

Ya no hablarás con otros por miedo a no escucharles
y por miedo a dejar sola otra vez tu alma.
Y yo ya no hablaré por miedo a recordarte
cuando me escuche atentamente mi nueva amada.

¡Cómo me echarás de menos cuando me haya ido!
¡Cómo añoraré que tu dulzura me callara!
Y en el mar de tu voz me ahogaré sin resistencia
y el eco de mi voz te ahogará desesperada.

Llorarás perdida las noches de silencio
y yo escribiré versos las noches que me hablabas.
Y todo porque no supimos darnos cuenta
que en mi silencio y en tu voz la vida nos juntaba.

Como las olas, que a golpes van
acercándose a mis chanclas
y las rozan poco a poco
y las arrastran luego lentamente
hasta acercarlas a otras olas
para expulsarlas después.
Como las olas,
que tras ese jugueteo con mis chanclas
finalmente las engullen
y las van llevando adentro
más y más lejos de la orilla
hasta hacerlas desaparecer.
Como las olas,
que aunque empujan hacia fuera
engullen hacia dentro.
Como las olas.
Así es el amor.
Y yo
como unas chanclas en la orilla,
aceptando que me arrastren,
con la sola resistencia
de unos surcos en la arena,
de unos surcos que son solo
caricias que enseguida
las olas borrarán.

Tengo frío. El día está gris y tengo frío.
El otoño se acaba y se acerca ya el invierno.
Los pájaros también se refugian en sus nidos.

Hace frío. No tienen la culpa mis recuerdos.
El día está muy gris y es normal que tenga frío.

Ya temía yo que con ella terminara
igual que con las otras… hundiéndome en lo mismo.

Todos dicen que soy un cabrón con las mujeres
y yo, por demostrar que no, amo sin sentido.

Le prometí un amor tan eterno como a todas
y lo eterno duró lo que cada una me quiso.

No sé lo que pretendo. Pensaba que era bueno.
Creí que los poetas amábamos distinto.

Al menos la previne. sabía que algún día
terminaría con las demás en el olvido.

¡Pero estaba seguro de que tú eras la perfecta!
¿Por qué no puedes ser tú mi amor definitivo?

Mañana, cuando vuelva a mirarte, o pasado,
te miraré quizás con mis ojos de asesino

y tú sabrás que he vuelto a caer en lo de siempre,
que he intentado demostrar otra vez que soy distinto.

Te juro que las cosas que dije desde dentro
eran verdad… te amaba… yo nunca te he mentido.

Seguramente no me creas pero, aun breve,
mi amor hacia ti ha sido el más puro que he sentido,

por eso deseé que tú fueras la perfecta,
no quise condenarte a ti también al olvido.

Pero mi corazón aún recuerda aquella herida
y ve en todas las chicas a aquella que se la hizo.

Yo nunca te he mentido, no sé decir mentiras…
o quizás sí y es falso todo esto que te escribo…

Tengo frío, sí, tienen la culpa mis recuerdos;
son ellos los que siempre deciden mi destino.

Son ellos los que sacan el frío de mi alma.
Ahora sólo es vaho lo que fueron mis suspiros.

Tengo frío. Da igual que haga frío fuera, siento
que tengo yo la culpa de todo y que es el frío

el dolor que me deja intentar amar sin miedo
y el dolor que siento cuando me quedo vacío.

Llueve en una noche muy oscura.
Parece que el cielo también tenía ganas de llorar.
Los dos lloramos tristes de ausencia.
Él por la luna, que, con sus propias nubes,
ha tapado.
Yo por tu alma, que, con mis palabras,
he destrozado.

Llueve en una noche muy oscura,
y en la ventana me confunden
con un reflejo del cielo.

¡Qué pequeño soy
cuando no valgo para nada!
¿Por qué entonces no desaparezco?
Si soy el umbral
entre la muerte y el nacimiento.
¿Por qué sigo aquí?
Si soy lo justo para sentir
que sobro y que molesto
y que es mejor para todos
si desaparezco.

¡Qué pequeño soy!
¡Qué pequeño!
¡Qué ganas de desaparecer!
Pero es que no valgo ni para eso.
Tan pequeño soy
que no me puede caber nada dentro,
pero algo tiene que haber
para que yo pueda sentirme tan pequeño.

Y ese algo es la esencia de todo,
la esencia que solo ven los pequeños,
los que podrían llegar a desaparecer por los demás,
los que asumen siempre que la culpa es de ellos,
los que consiguen que a pesar de todo,
el mundo siga pareciendo bueno,
los que hacen que tanta gente se sienta grande
gracias a que ellos son tan pequeños.