Quizás no hiciera falta que escribiera
Garcilaso aquellos versos para ti
ni que Bécquer con sus rimas me enseñara
a soñar, a querer y a sonreír.

Quizás se haya quedado hace ya tiempo
la poesía en un tintero sin jardín
y los que sienten no lo saben
y a los que saben ya no les quedan ganas de sentir.

Quizás no debió haberse arrancado
Machado aquella espina por sufrir
porque al hacerlo se la arrancó al mundo
y el mundo poco a poco va dejando de latir.

Y si tu amor es una espina que se clava
y duele… pero hace al corazón latir
yo me clavaré mil espinas en el pecho
y escribiré miles de versos para ti.

Pues si gracias a aquellos que escribieron
mil versos de amor te conocí
para que tú me ames como a ellos,
no tengo más remedio que escribir

y lloraré si es lo que debo
y sufriré si hay que sufrir
porque eso es todo lo que puedo
darte a cambio de hacerme revivir.

Se van mis manos fuertes quedando sin respiro
y el soplo de mi alma pierde su inocencia.

¿Quién va? ¡No le conozco! ¡Es un extraño
que se adueña de mi cuerpo con violencia!

No soy quien fui, quien un día te amara.
Perdí por el camino todas mis reservas,

mis recuerdos de ti, mis estrellas en el cielo
se perdieron todas en la soledad más negra.

No soy quien fui, pero, ¿quién soy si no te amo?
A las puertas de la vida mi nombre te recuerda.

Mi nombre ya no es nada si tú no lo susurras
si tus labios no acarician cada una de sus letras.

Se va mi corazón derritiendo poco a poco;
mi alma, un bulto más, duerme arrugada en la maleta.

Ya no soy quien era. ¡Me robaste! ¿Dónde me escondes?
Ya que no soy quien soy, déjame al menos ser quien era.

Estoy vacío. Tú llenaste mi casa con tus cosas
y ahora ni siquiera tengo mis antiguas penas.

Por eso aprieto fuerte las manos contra el cielo
y odio como nunca a la poesía traicionera

y quisiera borrar todos los versos que te honran
para que en la distancia nunca más te quieran.

Es el final. No tengo nada. Sólo tenía estas palabras
y las desterré a este papel para que no vuelvan,

para que no me recuerden a ti alguna noche
cuando por fin consiga ser quien antes era.

Ya ves, prefiero estar vacío, sin soledad, sin letras,
antes que volver a dejar
que el amor se olvide de quién era.

En lo raro del tiempo me encuentro tu mirada
rodeada de otra vida, otros gestos, otros tiempos.
¿Por qué hoy, esta noche de falsas coincidencias?
¿Por qué quiere el destino guardarte en mis recuerdos?
Me miras. Te conozco. Te miro. Me conoces.
¿No apareciste ya en algún otro de mis sueños?
Aquella discoteca. Tu voz insuficiente.
La distancia recuerda que no nos conocemos.
La oscuridad de nuevo a los dos nos acorrala.
El destino no existe… Ni el amor verdadero.
¿Para qué desperTar con tu imagen en mi cama
si seguro que aún sigues con copas de otros versos?
¿Para qué lamentar eSta espera de tenerte
si por las mañanas se me olvida que te espero?
Y tú, disimulando, ¿por qué no te me acercas
y me cambias la espera por un saco de besos?
Y yo, disimulando que estás en todas partes,
¿por qué no me termino la poesía y me acerco?
Es difícil amar y es difícil ser maldito.
Es difícil querer sin saber decir te quiero.
Y el saber que nunca te amaré desde más cerca
me reconcilia ausente con la palabra «lejos».
Y ahora que esta noche me ha vuelto a recordarte,
deduzco que la casualidad no es un misterio
que en el mundo, al fin y al cabo, somos poca gente
y el mundo, al fin y al cabo, es bastante pequeño,
y si te he vuelto a ver esta noche donde siempre
no es porque cada noche llores por mí en silencio,
sino porque desde la tierra se ven pocos ángeles
y esta noche me he vuelto a quedar mirando al cielo

Se quedó sin ser el poeta que iba a ser.
Sus 20 años se quedaron congelados en el viento.
Las palabras se olvidaron
y los sueños se durmieron.
La juventud se dedica a escribir poesías
y la vida, verso a verso, las va destruyendo.

Pero hay versos dorados,
versos de oro que el poeta no comprende,
versos que consiguieron despegarse del viento,
versos que iluminaron una noche estrellada,
versos que dejaron de ser versos.

Y ahora, cuando se lean
las palabras del poeta que nunca llegó a serlo,
se entenderá que la poesía
está más allá del poeta, más allá de los versos
y más allá de la vida
que los va destruyendo.

Por nuestro bien debemos olvidar cosas,
olvidar personas, simular que no las hemos conocido.
Quizás sería mejor
que no hubieran existido.

Y así estoy
ahogándome entre el amor y el olvido,
soñando con los que se fueron cada día,
negándome a aceptar que se hayan ido.

Y así voy,
olvidando despierto, recordando dormido,
sabiendo que ya nunca volverán,
soñando que todavía están conmigo.

Y así estoy,
creyendo al despertar que lo he asumido,
que la vida pasa y que pensar no sirve,
que hay que olvidar para seguir el camino.

Pero yo sé que se puede seguir sin olvidar,
recordar lo vivido,
andar, andar, andar,
andar sin lo perdido…
Pero por las noches al dormir,
aunque solo sea un ratito,
dejar que nuestros sueños nos hagan sentir
que todavía siguen vivos.

Dejamos la barca en la orilla.
Tú me miraste callado
y me guiñaste un ojo como me guiñabas entonces
pero con los dos ojos cerrados.
Dejamos la barca atrás,
quizás no fuera favorable el viento.
Tú te habías cansado de remar
y no era buen momento
para que yo me pusiera a remar
solo con mi remo.
Te dije: “Oye,
¿cuándo volverá a ser favorable el viento?”
Y respondiste:
“Cuando alguien como tú a mí
te ayude a remar con su remo”
Te dije: “¿Te vas?”
Y te fuiste. Sí. Te fuiste.
No sé por qué se quedaron los que nunca se fueron.
Te fuiste y me quedé en la orilla
con la barca y con mi remo,
con la soledad del que navega solo
sobre las olas de recuerdos.
Y en el mar descubrí entonces
que no es la vida el reflejo
sino la fuerza que nos hace navegar
aunque no sea favorable el viento.

Que yo no tengo un pueblo que cantar
ni el olor de una casa en la ribera.
Que yo soy de la ciudad
y de las carreteras.

Que no tengo recuerdos que contar
bajo la sombra de una enredadera.
Que mis suspiros son gas
y mi llanto sirenas.

Que sueño con relámpagos de mar
y con los pastores y las ovejas
y quisiera caminar
sin camino y sin huellas.

Que no enseñan los móviles a amar
como los dulces pétalos lo enseñan
y nadie sabe nombrar
sin luz a las estrellas.

En mis versos jamás se encontrarán
las recónditas tierras de un poeta,
mas mi voz de otro lugar
escribiré en las piedras.

Enseñaré a amar
y a cantar a la belleza
y os enseñaré a apreciar
del mundo la esencia.

¡Oh, poeta de ciudad
sin recuerdos y sin tierra!